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Col & Durian: dos señoras de la calle

Este martes llévese dos por el precio de uno, como en Los Invasores de Albacete. Dos personajes que viven en la calle y que tienen que soportar que tuk-tuks, ciclomotores y camionetas las rodeen cada día, a veces haciendo un uso indebido, abusivo y molesto del claxon.

La mayor vive en Kampot, al sur de Camboya, tiene fama de ser sabrosa aunque su olor es desagradable para el humano medio. La otra tiene su domicilio en la avenida principal de Berastagi, que aunque parezca un pueblo de Guipúzcoa está en el norte de Sumatra, la sexta isla más grande del mundo. No sé si tienen nombre, pero merecen ser llamadas Col & Durian, las Bonnie & Clyde de las rotondas asiáticas.

Así es amigo, estamos hablando de rotondas, de dos de las rotondas favoritas de En Clave de Viaje después de haber recorrido muchos kilómetros por las carreteras del Sudeste Asiático. Ambas están dedicadas a alimentos, y es que claro¿no será mejor rendir tributo a lo que nos da de comer cada día que a algún personaje que pueda sembrar discordia como un torero o un dictador de esos que no le caen bien a todo el mundo?

Que te gusta más la rotonda del aeropuerto de Castellón de Juan Ripollés, pues sólo podemos decirte una cosa -no tienes ni idea de arte-. Col & Durian son sin ir más lejos, plástica y simbólicamente superiores a toda la obra arquitectónica de Santiago Calatrava, y por eso sugerimos desde aquí un hueco para ellas en el MoMA de Nueva York o en Museo Provincial de Albacete si es que los americanos no las quieren exponer. Aunque si deseamos realmente que estas piezas sean comunales, lo mejor sería ponerlas en Los Invasores de Albacete o en Los Martes de Toledo para que cada semana, al ir a hacer la compra, recordásemos lo que es esencialmente importante, al margen de políticos, dictadores o toreros.

Durian:

Ampliamente conocida y reverenciada en el sureste de Asia como el “Rey de las frutas”, su nombre proviene de la palabra malaya duri (espina) con el sufijo -an, (usado para crear pronombres), y dando como resultado “fruta espinosa”

Fuente: Wikipedia

 

 

Haidan el lavandero

El viajero tiene algunas necesidades aunque no lo parezca, y muchas obligaciones si nos ponemos a analizar la huella de nuestras exploraciones o colonizaciones. Aunque yendo a lo prosaico, podemos decir que lavar la ropa es una de las pocas tareas del día a día que uno se lleva a cuestas cuando viaja, y no suele el trotamundos cargar con una lavadora portatil en la mochila para resolver ese problema.

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Joven malayo y motorista feliz

Ante esta necesidad cabe hacer dos cosas: o bien, lavar la ropa a mano como mandan los cánones mochileros; o bien pagar por ese servicio en una lavandería, como aquella en la que conocimos a nuestro personaje de hoy: Haidan, el lavandero.

Fue ver a dos extranjeros por el barrio lavando la ropa en su negocio y todo fueron ganas de ayudar. Su cortesía y su sonrisa al atendernos nos llevan a retratarlo ahora aquí para llamar la atención sobre el miedo, casi siempre infundado, que nos da ‘el otro’ y más si es extranjero (de los pobres) y ya ni te digo si además es musulmán.

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No es el lavandero, aunque  bien merece una entrada

Haidan el lavandero fue una de las primeras personas que conocimos al comenzar nuestro viaje por el Sudeste Asiático y confirmó lo que ya sabíamos, que la empatía sigue siendo moneda de uso corriente en muchos rincones del planeta. Conocerlo fue como reconciliarnos con el mundo tras haber intentado huir del mismo.

A pesar del reinado planetario de esa forma de vida en la que la exclusión social está normalizada; a pesar del modelo económico y social que a veces exportamos en nuestras mochilas sin darnos cuenta; a pesar de las bombas que todavía hay sembradas en el mundo; a pesar de todo, puede que un día te cruces con un lavandero como Haidan y comprendas que todavía hay esperanza.

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Este señor tampoco es Haidan. Lamentablemente no tenemos fotos suyas 😦

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